Palabras inaugurales

Muy buenas noches.

Sean todas, todos y todes bienvenidas a la edición número treinta y tres del Festival Internacional de Teatro Universitario de la UNAM. Este año hemos querido construir el FITU desde una idea que, en medio de la incertidumbre que atraviesa nuestro tiempo, nos parece profundamente necesaria: la Ternura Radical.

Permítanme comenzar citando a una de mis autoras preferidas, la novelista Olga Tokarczuk, quien, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 2019, dijo: “La ternura es una profunda preocupación emocional por otro ser, su fragilidad, su naturaleza única y su vulnerabilidad al sufrimiento y al paso del tiempo. La ternura percibe los lazos que nos unen, las similitudes y la semejanza entre nosotros. Es una forma de mirar que muestra el mundo como vivo, interconectado, que coopera consigo mismo y es interdependiente. La literatura -y yo aquí añadiría la cultura y el arte- se fundamenta en la ternura hacia cualquier ser distinto a nosotros mismos.”

Cierro la cita.

Creo que hoy, en la vida y también en el teatro, necesitamos esa mirada: una mirada capaz de detenerse, escuchar, reconocer al otro y cuidar aquello que compartimos. Por eso, la Ternura Radical no es solamente un tema que acompaña esta edición del FITU; es, sobre todo, una manera de hacer y de relacionarnos. Ha estado presente desde la construcción de la convocatoria y la selección de los jurados, hasta la curaduría de las obras, los talleres y actividades formativas, la diversidad de las temáticas y las distintas formas de agrupación y producción que estarán representadas.

Construir cada edición de un festival significa mucho más que contar la cantidad de funciones, asistentes o menciones en redes sociales. Esos datos son importantes, pero un festival como el FITU también debe preguntarse qué experiencias significativas estamos generando, qué conversaciones estamos provocando y qué posibilidades estamos abriendo.

Queremos que sea un espacio para ejercer el pensamiento crítico, encontrarnos con otras perspectivas, colaborar y dialogar con quienes son distintos a nosotros. Y, sobre todo, que siga siendo un espacio para celebrar lo teatral y lo escénico.

Nuestro público principal son las, los y les estudiantes, pero también recién egresadas y egresados, comunidades escénicas, docentes e investigadores. Por eso, al construir esta programación, nos hicimos algunas preguntas: ¿Cuál es el territorio de las y los jóvenes? ¿Cómo se define? ¿Quién lo define? Y tenemos claro que no nos corresponde responder esas preguntas por ustedes.

Quienes llevamos algunos años más en este camino podemos compartir referentes, experiencias y abrir puertas. Pero son las nuevas generaciones quienes tienen que recorrer esos caminos, cuestionarlos y, sobre todo, construir otros propios.

El FITU quiere ser justamente eso: un mapa en construcción comunitaria. Un lugar donde puedan reconocer lo aprendido en las aulas, pero también ponerlo a prueba; ampliar sus referentes y lenguajes; experimentar, equivocarse, encontrarse con otras personas y descubrir nuevas formas de colaborar y organizarse.

Así hemos pensado y construido este FITU. Una parte importante de la programación busca mostrar algo fundamental para quienes comienzan su vida profesional: no existe una sola manera de pensar y hacer teatro.

Las obras que se presentarán representan distintos modelos de producción y organización: proyectos de instituciones públicas, encargos institucionales, compañías profesionales, espacios independientes de pequeño formato y colectivos que producen, presentan y hacen circular sus propias obras.

Una de las razones de ser del FITU es mostrar esas posibilidades: no decidir por las recientes generaciones, sino ofrecerles elementos para que puedan tomar sus propias decisiones. La diversidad de la programación también está en las procedencias, los lenguajes y las preguntas que atraviesan las obras.

Por ejemplo, este año transitaremos en las obras de exhibición desde Caperucita en Manhattan, basada en la novela de Carmen Martín Gaite y producida por el Teatro de La Abadía, en España; hasta Peer Gynt, de Ibsen, en la propuesta de la compañía pública profesional de la Universidad Veracruzana. Estaremos también frente a La fuerza de la gravedad, creada en una pequeña sala independiente de Buenos Aires; Minga de una casa en ruinas, impulsada por un joven colectivo chileno; PLAY, una reflexión sobre el odio, desarrollada en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid; y, por supuesto, nuestro propio Carro de Comedias de la UNAM, con Ubú Rey, de Alfred Jarry, entre otras.

Son modelos de creación y producción que provienen de lugares y procesos diferentes, responden a contextos particulares y utilizan lenguajes diversos. Pero hay algo que los une: la necesidad de mirar nuestro presente y hacernos preguntas sobre él.

Y me gustaría recordar algo fundamental: el territorio escénico es y será siempre un bien y un servicio público. La comunidad teatral trabaja para lo público y para los públicos: a través de los temas que decide poner en escena, de los lugares donde los presenta, de las personas con quienes trabaja y de las comunidades a las que se acerca. Por eso, vivir, estar y participar en el FITU conlleva la responsabilidad del ampliar nuestros conocimientos y fortalecer nuestras capacidades.

Quisiera cerrar con una idea especialmente pertinente para estos tiempos: desde el equipo del FITU trabajamos juntos para posibilitar el desarrollo de experiencias que no sean enseguida absorbidas por la velocidad, la conectividad y el rendimiento; sino en el posibilitar experiencias que generen memorias individuales y colectivas. Que durante estos días podamos detenernos. Mirarnos. Escucharnos. Discutir. Celebrar. Y, sobre todo, encontrarnos. Trabajemos juntos, artistas, creadores, estudiantes, docentes, técnicos, personal de atención a público, gestores, medios de comunicación y los diversos públicos, en un territorio donde podamos ejercer, desde el teatro, esa Ternura Radical que hoy necesitamos más que nunca.

Muchas gracias.

Juan Meliá. Director de Teatro UNAM

Fotografías: Pili Pala