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Pinche perro viejo

A LA TARDE, CASI NOCHE

Abro los ojos y veo todo desde una esquina.

Entrada; pasillo; primer cauce: comedor y un gran ventanal, que deja ver los autos que pasan; pasillo; segundo cauce: cocina; pasillo al fondo, el baño. Enseguida, a la derecha, está el dormitorio.

Repaso esto varias veces por día. Hago ejercicios de memoria. Para que no se me olvide donde estoy. Y leo, acostumbro leer lo más posible para que nunca se me tome como canalla. La gente dice que soy viejo, que no era lo que era antes, pero a todos ellos no les deseo otra cosa que la muerte. Qué van a saber del paso del tiempo si nunca han sido perros. Sobre todo, perros de apartamento.

Puerta; después se extiende el pasillo. Primer entronque: estancia, el ruido de la calle; pasillo; segundo entronque: el perfume de la comida; pasillo al fondo, el inodoro. Luego, a la derecha, la pieza.

Recorro todo lo que se me permite recorrer. Pata delantera derecha, pata trasera izquierda, pata delantera izquierda, pata trasera derecha, uno, dos, tres, cuatro. Voy de un lado a otro. Me distraigo, miro por la ventana, escucho el sonido de los coches que comienza y después se termina y se renueva, respiro, agitado. Inicia y termina, constante, como la vida y la muerte. Un sonido. Levanto las orejas al tiempo. Me desplazo a la cocina, me quedo sentado junto al horno. Me gusta el calor y el aroma tostado que permanece y me gusta que el horno y demás objetos, se queden en donde estén, así se sabe que se puede volver al mismo sitio y sentir, casi siempre, las mismas cosas. Cierro los ojos.

Me distraigo con la ventana, el ruido de la calle me atrae, mis ojos van de un lado a otro, como mis patas, se mueven, uno, dos, tres, cuatro. Camino al pasillo, me muevo despacio y después más rápido, pruebo saltar. Me llama la atención la resistencia de los muebles, la resistencia de la de la tela. Observo un sillón, me hipnotizan las líneas que forman los patrones que se forman con los bordados, abro la boca. Toco apenas con los colmillos el pedazo de tela.

Un ruido en la puerta. Corro de prisa, mis patas se suceden, una tras otra, tropezándose, se me acaba el espacio de recorrido. La entrada. Con el impulso, mi nariz se estrella contra la puerta, se entume, pero ladro y qué placer ladrar. Ladro, cierro los ojos disfrutando cada ladrido, cada uno más fuerte que el anterior y lo gozo, qué maldito placer el ladrar así tan al infinito, sin preocuparse, escuchando apenas el eco que se nos regresa, en forma de presente, de regalo. Y que es para mí, sólo para mí. Ladro sin cesar. Esta debe ser la recompensa que se nos otorga por el encierro y -tal vez- quienes ganamos somos nosotros, los perros de apartamento, porque esto no se compara con nada en el mundo. Un eco en donde constato que soy yo quien existe, un regalo cómo vibra mi cuerpo cuando el eco me llena. Ladro y retumba en las paredes y retumba en mis costillas y retumba en mis dientes y retumba en mis garras. A veces me detengo con la mirada fija y percibo cómo me lleno de mi propio ladrido.

Deshago mis pasos y regreso a cualquier parte, me suspendo, no siento mi torso ni mis patas derecha trasera o izquierda delantera. Me oxido. Voy al pie de uno de los estantes, mis ojos transitan entre lomos sin pelo y volúmenes y nombres y se detienen en la letra G; con la boca sin hacer ningún estropicio, escojo Oblómov, lo llevo hasta el corredor y me dejo caer cerca de la cocina. Leo hasta quedarme dormido.

Alguien llega, me invade un escalofrío. Es él. No, no puede ser que haya llegado tan temprano, es imposible. Me levanto con pesadez, camino hasta la entrada. Escucho unos pasos en la escalera, se detiene, quizá sea la vecina. Meto mi hocico en la rendija debajo de la puerta. Huele a él. Me alejo un poco de la puerta. Hago un círculo, preocupado, mientras le pido a toda la corte celestial de los perros que sea la vecina y no él. Tintineo de llaves y pasos que se detienen. La forma en la que arrastra sus pies cuando llega a la puerta, los arrastra como cuando viene cansado. Es su olor y así mi día termina antes de empezar.

  • RICARDO. Apestosín, ¿cómo estás? ¿qué has hecho, amigo?

Ay, qué agotador siempre la misma pregunta al entrar. Hago lo mismo de siempre no hay mucha variedad. Lo olfateo rápidamente sólo para saber de dónde viene, qué triste. Cabrón. Se la ha de haber pasado cogiendo el cabrón. Bueno, al sillón, a la resignación.

  • RICARDO: ¿Nada que decir?

  • APESTOSÍN. Ya no te soporto, Ricardo.

  • RICARDO. ¿En qué quedamos?

  • APESTOSÍN. No puedo.

  • RICARDO. Quedamos en algo.

  • APESTOSÍN. No sería justo para ti ni para mí emocionarme sin emocionarme de verdad. Yo podré ser muchas cosas, pero nunca he sido mentiroso.

  • RICARDO. Apestosín, dijiste que lo ibas a intentar.

  • APESTOSÍN. Puedes no decirme así.

  • RICARDO. Mueve la cola.

  • APESTOSÍN. ¿Te gustaría que a ti te llamara cerdo inculto?

  • RICARDO. No.

  • APESTOSÍN. ¿Ves?

  • RICARDO. ¿Qué tan difícil es que muevas la cola? Tan sólo un poquito, hazme saber que te emociona que haya llegado a casa.

  • APESTOSÍN. Ay, Ricardo, ese es precisamente el problema.

  • RICARDO. Bueno, como quieras, no muevas la cola. Pero ya querrás un libro, cabrón, a ver cómo se pone la gente cuando te vean merodeando por la Gandhi. Malagradecido.

  • APESTOSÍN. Pensé que te quedarías callado. Pensé que te irías a tu recámara. Hueles a sexo. No te puedes aguantar las ganas en lo que pasa todo este desmadre. Voy a estar en la cocina leyendo, por favor no me molestes.

  • RICARDO. ¿No quieres ver la rueda de prensa con el subsecretario?

  • APESTOSÍN. A mí qué me puede importar, ya vivo encerrado.

  • RICARDO. ¿Quieres ir a pasear?

  • APESTOSÍN. Dios me libre.

  • RICARDO. Hoy nos dejaron salir antes.

  • APESTOSÍN. No me digas, Ricardo, ni me fijé.

  • RICARDO. Deja ya la ironía porque me tiene enfermo, ¿sí?

  • APESTOSÍN. ¿Podría?

  • SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Primero nos abocaremos al informe técnico del día. Empezamos con la situación mundial. Tenemos en esta representación gráfica la ocurrencia de casos en el mundo. A la fecha del día de hoy tenemos [] casos confirmados, [] casos sospechosos, [] casos negativos y…

  • RICARDO. ¿Estás escuchando?

  • APESTOSÍN. No.

  • RICARDO. Fase 3.

  • APESTOSÍN. Hurra.

  • RICARDO. Nos vamos a tener que quedar aquí. Indefinidamente.

  • APESTOSÍN. ¿Qué?

  • RICARDO. Quiere decir que/

  • APESTOSÍN. Sí, ya sé que quiere decir ¿Pero tú te vas a quedar aquí? ¿Conmigo? ¿Todo el día?

  • RICARDO. Parece que sí.

  • APESTOSÍN: No puede ser, si tan sólo llevas cinco minutos aquí dentro y no has parado de hablar y a hablar, ¿qué va a pasar contigo aquí todo el día? Yo creo que podemos decir que la cocina se vuelva mi apartamento. Tú te quedas con esta parte, de pronto puedo salir a visitarte, pero tú no puedes entrar a la cocina.

  • RICARDO: ¿Qué dices?

  • APESTOSÍN. No lo puedo creer.

  • RICARDO. Puede ser divertido.

  • APESTOSÍN. Cómo va ser divertido, quizá divertido para ti, pero para mí va ser un calvario imposible de/

  • RICARDO. Hola. No, estaba viendo la. Sí, qué pasó, todo bien. Oye espera, no te pongas así. No. No es necesario. A ver, respira. Espera, no. Por qué a mí me toca, eso lo deberías resolver tú, no yo. Bueno, juntos, sí, pero…

Portazo y se oyen unas voces mudas desde el otro lado de la puerta. Yo asomo la cabeza y me acerco, dando pasos lentos por el pasillo. Pata delantera derecha, pata trasera izquierda, uno, dos, tres, cuatro. Discusión. No alcanzo a distinguir lo que dicen. Regreso, me acuesto a un lado del horno, me concentro en mi lectura. Me asombra cómo permanece el aroma tostado del horno, si como mucho este granuja lo usa solamente dos veces a la semana. Un ruido en la ventana, corro desesperadamente a ver de qué se trata. Son los coches que reanudan una y otra vez su marcha. Me distraen sus sonidos y las fragancias metálicas que despiden. Volteo a ver la televisión que sigue encendida. Me quedo viendo la luminosidad del cuadro y escucho las palabras que se acompañan con el timbre y la cadencia, suena como a poesía. Bajo la cabeza y la recargo sobre mis patas delanteras. Mis orejas descansan. Esto no es más interesante que mi lectura. Salto. Estancia. Pasillo. Las voces mudas no dejan de escucharse, en ocasiones suben su volumen y percibo un ligero eco, como el que se siente cuando ladro. Primer cauce: cocina. Retomo la lectura donde la dejé: “Le parecía estar solo en el mundo; huía de la niñera en la punta de los pies, examinaba a todos lo que dormían, se paraba contemplando fijamente al que se despabilaba, cómo volvía en sí/”. Un portazo, pasos por el pasillo. Silencio.

  • RICARDO. ¿Estás ahí?

  • APESTOSÍN. ¿Por qué? Estoy leyendo.

  • RICARDO. Me dejó Pedro.

  • APESTOSÍN. No puedo pensar en ninguna razón por la cual no te/ ¿Estas llorando?

  • RICARDO. Sí.

  • APESTOSÍN. ¿Es tan grave?

  • RICARDO. Me dijo que era un imbécil. Y después yo le dije que nos viéramos para ver si podíamos arreglarlo. Sabes qué me dijo. Que yo nunca había tenido el coraje de hacer nada en la vida. ¿Cómo no voy a tener el coraje de hacer algo en la vida? Por lo menos, quererlo y mira que necesitaba mucho coraje, mucha valentía y resistencia. ¡Coraje! ¡Coraje el que le falta a él para querer hablarlo en persona! Qué patético llamarme y simplemente decirme que soy un imbécil. Así. Que nunca había tenido/ Culero. Después de todo lo que hice por él. Todos son unos malagradecidos. También te estoy hablando a ti, pinche Apestoso.

  • APESTOSÍN. Y ahora yo qué hice.

  • RICARDO. Uno desviviéndose por aquellos que le importan y qué recibe, una patada en los huevos.

  • APESTOSÍN. Ricardo.

  • RICARDO. Y uno tiene que aceptar que no lo quieren tanto como él quiere. ¡Ah! Pero no tengo coraje

  • APESTOSÍN: Está sonando, ¿le vas a contestar?

  • RICARDO. Que se vaya a la mierda. Pinche Pedro mamón. No, sabes qué, sí le voy a contestar. Oye cabrón, tú no me mandaste a la verga, qué no se te olvide quién te fue a sacar del hoyo en el que estabas, pinche drogadicto baboso. Mira cómo te estoy mandando a la chingadaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Me quito el celular de la oreja y de un solo movimiento lo lanzo con toda la fuerza que me permite mi brazo izquierdo. El celular sale despedido por la ventana y se pierde en un segundo en medio de la noche helada. Cierro la ventana, voy a la cocina, abro el refrigerador y quito todas las fotografías y las tiro a la basura. Saco un bote de helado.

  • APESTOSÍN: ¿Sigues pensando que será divertido estar encerrados?

Bueno, vamos a vivir esta cuarentena como se debe, de la forma más miserable posible. Me siento en el sillón y le subo el volumen a la rueda de prensa. Me voy a quedar aquí subiendo kilos y kilos y voy hablar con mi perro que, como todo el mundo, me cree un imbécil. Mientras veo al panel de expertos acompañando al subsecretario, inevitablemente pienso en el Pedro. La verdad es que sí. Pienso en el Pedro y se me salen -sin que yo quisiera- las lágrimas, las cuento conforme se disuelven en la crema de helado de choco-menta. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Me sueno los mocos con la muñeca de la mano y me quedo observando los siempre tan elegantes gestos del subsecretario.

  • APESTOSÍN. No puedo leer con ese volumen.

  • RICARDO. Me vale.

  • APESTOSÍN. Como en cuánto tiempo te vas a quedar dormido para ver qué hago mientras.

  • RICARDO. No sé.

  • APESTOSÍN. Un aproximado.

  • RICARDO. Qué no ves que me la estoy pasando mal.

  • APESTOSÍN: ¿Tendré que esperar a que comienzas a llorar para que te quedes dormido y se te derrita el helado en todo el sillón?

  • RICARDO: No voy a pedir que me entiendas, eres un perro.

  • APESTOSÍN. De verdad que no te soporto más, Ricardo.

  • RICARDO. Ahí está la puerta, ¿sí la puedes abrir o te ayudo?

  • APESTOSÍN. No voy a caer en provocaciones.

  • RICARDO. Pensé que eras un perro muy inteligente, muy culto, lector. Pero perro al fin.

  • APESTOSÍN. No te pongas así, no es para tanto.

  • RICARDO. ¡Sal, demonio peludo!

  • APESTOSÍN. No puedo, soy un perro. No puedo abrir puertas. Porque soy un perro.

  • RICARDO. Entonces decido yo, te quedas aquí callado y ya está.

  • APESTOSÍN. Y si no quiero.

  • RICARDO. Te echo a la calle.

  • APESTOSÍN: No serías capaz

  • RICARDO: ¿Me vas a poner a prueba?

  • APESTOSÍN: ¿Y que te quedes solo? ¿Vas a quedarte a llorar solo en cuarentena? Quiero ver eso. Bueno, no, en realidad no quiero verlo, pero jamás pasaría.

  • RICARDO: ¡También tú vas a creer que no puedo estar solo! ¿Qué creen? ¿Que dependo de ustedes? Pedro y perro, no sólo suenan igual, sino que además están igual de imbéciles.

  • APESTOSÍN: Yo de esta casa no podría salir ni a patadas

Me paro. Camino hacia la puerta, los ladrillos de mis pies azotan cada paso. Abro la puerta y le extiendo con el brazo para que se salga. Le muestro el mundo libre que tiene allá afuera si tan mal se la pasa conmigo, si ya no me soportan, se encontrará un buen amigo allá afuera. Me voltea a ver, camina unos pasos, pata delantera derecha, pausa, pata delantera izquierda, pausa, camina hasta llegar al filo de la puerta, mira hacia las escaleras del edificio, me voltea a ver una vez más. Sus ojos cafés casi negros.

  • RICARDO: Métete.

  • APESTOSÍN: Te lo dije.

  • RICARDO: Ni tú ni yo ganamos nada si tú te vas y yo me quedo, lo sabemos.

  • APESTOSÍN. Bueno.

  • RICARDO. Ya, perdón.

  • APESTOSÍN. No, está bien, entiendo.

  • RICARDO. ¿Quieres helado?

  • APESTOSÍN. No.

  • RICARDO. Me alteré, no fue el mejor día. Perdón.

  • APESTOSÍN. Estoy bien.

  • RICARDO: Ven, échate conmigo un rato

  • APESTOSÍN: Nooooo. Ricardo, eso es demasiado.

  • RICARDO: Sólo un rato, aquí al ladito. Déjame acariciarte un poco.

  • APESTOSÍN: Ya es demasiado.

  • RICARDO. Se apagó. La televisión.

  • APESTOSÍN. ¿Pagaste a tiempo?

  • RICARDO. Claro que no, pero nunca me cortan el servicio, siempre avisan. Ay, no, mierda. No hay red.

  • APESTOSÍN. Mira tu computadora.

  • RICARDO. No, no funciona, no me puedo conectar. Voy a llamar porque no me pueden hacer esto en plena cuarentena.

  • APESTOSÍN. No me lo vas a creer, pero/

  • RICARDO. Cállate.

  • APESTOSÍN. Bueno, vamos a pasar la cuarentena de la forma más miserable posible.

  • RICARDO. ¿Qué haces?

  • APESTOSÍN. Me echo a un lado de ti. Saca ese bote de helado, huele espantoso. Choco-menta: un escándalo. Me encanta.

  • RICARDO. Nunca te pondría en la calle, viejo apestoso.

  • APESTOSÍN. Claramente. Lo sabía.

  • RICARDO. ¿Cómo estás tan seguro?

  • APESTOSÍN. Porque si me echas te quedarías solo. Eso es verdad, aunque te duela aceptarlo, nunca quieres decirlo, nunca te atreves.

  • RICARDO. ¿Y eso qué?

  • APESTOSÍN. Si lo dices, si te atreves a darte cuenta de que estás solo, estarás más solo de lo que ya estás.

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MADRUGADA, CASI DÍA

Primero levanto la oreja izquierda. La muevo, un insecto volador circunda la punta de mi nariz, pasa por mi cabeza, zumba cerca de mi oreja izquierda. La muevo. Paro las dos orejas y al tiempo -despacio- comienzo a abrir los ojos. Un ruido me despierta por completo. El motor atronador de una motocicleta me pone alerta. Vibra. Volteo a un lado y al otro. No sé dónde estoy. No tengo idea de qué está pasando. Siento una presión en el pecho, como de angustia. Qué es esto, quién es esta persona que está acostada a un lado de mí. Estas paredes qué son, quién eligió la disposición. Hay un olor penetrante a helado de choco-menta. Me mareo. De acuerdo, intento calmarme, tomo aire y me levanto haciendo fuerza, pero las patas no me responden y caigo al suelo. Me levanto con pesadez, con mi lengua humecto mi pata izquierda. Alzo la vista y miro horrorizado una lavadora.

En medio de lo que parece ser una estancia, hay una lavadora reluciente y luminosa. Me acerco con cautela, la olisqueo de arriba abajo. Luego miro al techo. Se refleja, en un espejo, la lavadora y yo y el sofá y la persona que duerme y los muebles, todo. Alguien aparece en el reflejo y se balancea muy rápido hacía mí, yo me quiero mover y no puedo. Me despierto. Me pregunto quién soy, dónde estoy y cómo me llamo. Bien, todo en orden. Volteo a ver a la persona a un lado mío y repito su nombre varias veces; bien.

Entrada; pasillo; primer cauce: comedor y un gran ventanal, que deja ver los autos que pasan; pasillo; segundo cauce: cocina; pasillo al fondo, el baño. Enseguida, a la derecha, está el dormitorio.

Recorro el departamento a la velocidad que me dan mis patas. Delantera derecha, trasera izquierda, delantera izquierda, trasera derecha. Rápido. Reconozco todo, regreso al sillón, todavía con la respiración agitada. Me acuesto junto a él, pero noto algo distinto; tiene un olor diferente, medio dulzón y amargo, como a fruta podrida. Extraño. Alzo la vista y me encuentro con sus ojos, pero no son sus ojos, son puertas transparentes de lavadoras. Me dice: Ya estás muerto pinche perro viejo meón y todavía no has leído el Ulises, de Joyce, me la pelas, ahhh, dame una chela. Ahogo un ladrido y me despierto de nuevo.

Abro los ojos y me quedo quieto, le rasco las costillas y emito un ladrido suave y breve, casi un gemido. Sin despertarse, se mueve un poco y reconozco sus facciones, sus ojos cerrados tranquilos parecen no albergar ningún electrodoméstico. Rasco y él se despierta y dice, son las cinco de la mañana, Apestoso, qué quieres y yo le contesto que, si de verdad es él, y él se ríe y dice, pero quién voy a ser, Hugo López-Gatell y se vuelve a reír y agrega, ojalá. Dame quince minutos y me despierto y nos hacemos un desayuno digno de López-Gatell. Nos hacemos, sigue diciendo como hipnotizado, que sus huevitos, que si su tocinito, su juguito de naranjita, que si su cereal. A ti, pues, unas croquetas chingonas, no de cualquiera, no, unas croquetas chingonas, de perro chingón, te lleno tu plato de agua chingón. Ya vas a ver, Apestoso, va ser un desayuno chingón, no como el Pedro, que siempre fue un pendejo. Va ser un desayuno chingón. Digno de López-Gatell. Y esto último se difumina hasta que vuelve a quedarse completamente dormido. Me tranquiliza, las típicas insensateces de la madrugada. Respiro profundo y repaso en mi cabeza:

Entrada; pasillo; primer cauce: comedor y un gran ventanal, que deja ver los autos que pasan; pasillo; segundo cauce: cocina; pasillo al fondo, el baño. Enseguida, a la derecha, está el dormitorio.

Puerta; después se extiende el pasillo. Primer entronque: estancia, el ruido de la calle; pasillo; segundo entronque: el perfume de la comida; pasillo al fondo, el inodoro. Luego, a la derecha, la pieza.



Todo el día pasa sin contratiempos.

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TARDE, CASI NOCHE

  • APESTOSÍN. ¿Te toca a ti o a mí?

  • RICARDO. No me presiones.

  • APESTOSÍN. Solo te estaba preguntando.

  • RICARDO. Ya voy.

  • APESTOSÍN. No es mi culpa que en esta casa no haya otro juego.

  • RICARDO. El Jenga.

  • APESTOSÍN. ¿Cómo voy a jugar Jenga?

  • RICARDO. Estás jugando ajedrez.

  • APESTOSÍN. Mueve.

  • RICARDO. En cinco segundos va entrar el subsecretario de salud, Hugo López-Gatell y nos va hacer una propuesta que no vamos a poder rechazar porque no tenemos nada más que hacer y además el mundo nos necesita.

  • APESTOSÍN. En uno.

  • RICARDO. Dos.

  • APESTOSÍN. Tres, cuatro, cinco. Ya.

  • RICARDO. Pausa dramática.

  • APESTOSÍN. Toquidos en la puerta.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Ricardo, Apestosín, voy a hacerles una propuesta que no van a poder rechazar. El mundo los necesita y además no tienen nada qué hacer, ya sé que les cortaron el internet. No tiene caso que me mientan o inventen excusas.

  • RICARDO. ¡Subsecretario! Yo… bueno, yo en realidad no sé qué decir. Todo fue tan rápido, siento que, siento que me voy a desmayar.

  • APESTOSÍN. No me pongas en ridículo frente al subsecretario, Ricardo, por dios.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No tenemos mucho tiempo, ¿qué dicen?

  • RICARDO. Sí, pero si me da un beso el subsecretario

  • APESTOSÍN. Perra Virgen santa.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Perdóneme, pero eso iría en contra de todas mis recomendaciones que me he encargado a dar a diario en las conferencias. ¿las ha visto?

  • RICARDO. ¡Que si las he visto! Eso es lo que me ha mantenido vivo. Tener la certeza de que cada día a las 7:00 de la noche lo voy a tener ahí enfrente, en la televisión.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Entonces sabrá usted que ya estoy haciendo suficiente con entrar a su apartamento y buscarlo. Entrar a este lugar que no conozco, que yo no tengo la certeza de si usted a seguido mis recomendaciones

  • RICARDO. Créame, subsecretario. He hecho caso a todas sus recomendaciones porque confío en usted, es momento de que usted confíe en mí. Deme un beso.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Dale. Un beso y después nos vamos. Está el helicóptero de la Secretaría en el techo del edificio, no podemos perder más el tiempo ¿Ricardo?

  • RICARDO. ¿Sí?

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Que nos perdone Susana. Vengache pa´ acá.

  • APESTOSÍN. Y aquí suena la canción de Whitney Houston que sale en El Guardaespaldas. And I… Will always love you, canta Whitney Houston y se besan apasionadamente y yo los veo. Me da ternura, si pudiera aplaudir, aplaudiría, pero no tengo palmas. Aúllo largamente, el tiempo que dura el beso, que parece infinito, y después sigo aullando, pronto se unen más perros, escucho a una del piso de arriba y dos más en las primeras plantas del edificio, de pronto todo el edificio aúlla, se estremece, luego la calle, luego toda la colonia, la ciudad, el país aúlla y luego, el mundo aúlla. La mismísima Whitney Houston aúlla ante esta escena. Whitney Houston y los perros de apartamento aullando juntos por el amor. Las escenas que nos regala la cuarentena. Carajo.

  • RICARDO. Hugo, espera.

  • APESTOSÍN. Ya vámonos.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. ¿Sí?

  • RICARDO. Qué paciente eres, tengo una pregunta.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL: Y te la responderé con mucho gusto.

  • RICARDO: Gracias

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Gracias a ti.

  • APESTOSÍN. ¿Nos vamos? El mundo nos necesita.

  • RICARDO. ¿Por qué nos cortaron el internet?

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Fui yo. Lo siento, pero necesitaba que estuvieran desesperados. Si no lo hacía, sabía que estarían muy cómodos y no querrían acompañarme en esta misión

  • APESTOSÍN. Pasó sólo un día.

  • RICARDO. Yo no me puedo ir con un hombre cruel. Apenas acabo de terminar con un hombre cruel y no pienso entrar en esa situación tan pronto. Me lastima.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No puedo hacer otra cosa que pedir perdón. Lo hago de nuevo, me equivoqué. Lo siento. No soy un hombre cruel, al contrario, me importan demasiado las cosas y las personas. Por eso estoy aquí, por eso los necesito. Para mejorar juntos.

  • RICARDO. ¿Estás pidiendo perdón?

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No podría hacer menos.

  • RICARDO. Esto no es una conferencia, subsecretario, no es necesario.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No necesito de una conferencia, ni de cámaras para aceptar que me equivoqué, que no te quiero lastimar ni a ti, ni a Apestosín.

  • RICARDO. Bueno, vamos.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Adelante, en el helicóptero les explico qué es lo que vamos hacer y después contestaré todas sus preguntas. Muchas gracias.

  • RICARDO. ¿Dónde está el helicóptero?

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Espero que hayas prestado atención durante nuestra conversación, pero me voy a permitir que recordemos que al inicio de mi entrada a este apartamento mencioné que estaba en el techo del edificio. Le agradeceré una vez más que lo recuerde y que me acompañe para que respondamos todas nuestras preguntas.

  • RICARDO. Gracias a usted, subsecretario.

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NOCHE

Subimos los tres, primero Hugo, luego yo y al final, medio quedándose, viene Apestosín. Me regreso e intento cargarlo, pero él se niega, me enseña los dientes y vuelvo a ponerlo en el piso. Apestosín sube las escaleras con muchos trabajos. Apestosín. Puedes dejar de decirme así, por favor. Apestosín se enfada.

  • APESTOSÍN. En serio, Ricardo, no es gracioso, tenemos una misión importante con el Dr. Gatell, podrías tomártelo más en serio. Por favor. Gracias.

Bueno, subimos los tres y llegamos al helicóptero al mismo tiempo y nadie se cansó y todo bien, luego los tres saltamos de emoción y chocamos mano, mano y pata en el aire. Abordamos y nos vuelve a sorprender el subsecretario López-Gatell, una vez más. Pues cuántas maravillas tiene este hombre bajo la manga, pues resulta que él maneja -de forma exquisita- la aeronave, tomó un curso que.

  • APESTOSÍN. No es cierto

  • RICARDO. Apestosín

  • APESTOSÍN. Que no me digas así, Ricardo.

  • RICARDO. Entonces no te metas en mi historia

  • APESTOSÍN. Cuéntala bien, él no maneja el helicóptero, hay un elemento de la Fuerza Aérea Mexicana, que se llama Agustín Contreras, lleva años en esto, sabe todo lo que hay que saber, comisionado por la misma Fuerza Aérea y la Secretaría de Gobernación para realizar la misión junto al Dr. Gatell y con nosotros.

  • RICARDO. No es cierto. Apestosín.

  • APESTOSÍN. Qué no me digas así, Ricardo. Cerdo inculto. Ya.

  • RICARDO. Entonces no te metas en mi historia.

Buenas.

  • RICARDO. Lo vas a contar tú o lo voy a contar yo, porque ya van varias interrupciones.

  • APESTOSÍN. Tú, pero ya no me digas Apestosín.

  • RICARDO. Y cómo te digo.

  • APESTOSÍN. Como quieras, como sea, pero Apestosín no.

  • RICARDO. ¿Apestosito?

  • APESTOSÍN. Ricardo, deja de jugar. Esto es serio.

  • RICARDO. Entendido, maneja, pues, el elemento de la Fuerza Aérea Mexicana, Agustín Contreras.

Buenas.

  • RICARDO. Enfrente va: Hugo y atrás vamos Scooby y yo.

  • APESTOSÍN. Ricardo.



Scooby suspira.



  • RICARDO. El elemento de la Fuerza Aérea Mexicana, Agustín Contreras.

  • AGUSTÍN CONTRERAS. Buenas.

Nos indica que nos pongamos el casco y que le avisemos con una seña si lo escuchamos bien. Primero ayudo a Scooby a ponerse su casco, que la verdad es que no le entra muy bien, pero ahí, medio improvisando, le queda bien el casco a Scooby. Ricardo. Yo me pongo el mío y le hago una seña al elemento de la Fuerza Aérea Mexicana, Agustín Contreras.

  • AGUSTÍN CONTRERAS. Buenas.

Para indicarle que estamos listos, Scooby.

  • APESTOSÍN. Ricardo, te voy asesinar mientras duermes si me sigues diciendo Scooby, en serio, no es broma, ves estos colmillos.

El helicóptero se eleva. Flotamos en el aire, la noche se extiende ante nuestros ojos, es increíble toda esa negrura en un solo espacio, iluminada solo por la luna.

  • RICARDO. Espera, quién está diciendo todo eso.

  • APESTOSÍN. Yo pensé que tú, aquí tú eres el que sabe.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Soy yo, escúchenme, por favor.

¡Subsecretario!, exclaman al unísono, dueño y perro que habla.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Un momento. Esto es importante, ahora mismo estamos sobrevolando La Mansión de los Sapos, es imperativo entrar ahí y hacerse del diamante púrpura, es un cristal necesario para seguir haciendo mis investigaciones y con el tiempo, encontrar la vacuna y no depender de los norteamericanos.

A la orden, subsecretario, dice el perro que habla. Sí, dice Ricardo, pero antes nos hace falta una cosa por hacer.

  • RICARDO. Hugo, si eres tan amable en cederme la palabra, te lo agradecería.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Adelante, por favor.

  • RICARDO. Muchas gracias, Hugo.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No, a ti.

  • RICARDO. No, a usted, subsecretario.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No, a ti Ricardo, por todo.

  • RICARDO. Muchas gracias a usted, Dr.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No, a ti, Ricardo, por favor, faltaba más.

  • RICARDO. Hoy es un día muy especial y agradezco que el subsecretario nos permita formar parte de esta misión en este día tan especial.

  • APESTOSÍN. Tenemos que bajar ya por el diamante púrpura. Ricardo, podemos salvar al mundo.

  • RICARDO. Podemos salvarlo, claro que sí. Aquí estamos juntos, podríamos salvarlo.

  • APESTOSÍN. ¿Estamos esperando la orden para bajar o qué? Póngame ya el arnés. Quiero bajar lentamente, no peso mucho, puedo ser sigiloso, quiero entrar por el techo. Con mis garras hacer un ligero quiebre en un cristal y bajar por él. Imagina las noticias. Un perro inteligente y un cerdo inculto salvan al país de esta pandemia.

  • RICARDO. ¿A poco crees que se me iba olvidar tu cumpleaños? Pinche perro viejo.

  • APESTOSÍN. ¿Qué? Te acordaste y eso que no te soporto.

  • RICARDO. Aunque no me soportes sé que hoy cumples quince. Sí son las 12 ya, ¿no?

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Sí.

  • RICARDO. Gracias.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. A ti.

  • RICARDO. Hugo, por favor. Gracias a ti. Por la hora. Qué amable en mirar tu reloj para confirmarlo.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. No, Ricardo, a ti. Por todo, en serio.

  • RICARDO. Dr. Gracias a usted.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. A ti.

  • RICARDO. Subsecretario, gracias a usted, en nombre de todo el país.

  • APESTOSÍN. Entonces, mi cumpleaños, te acordaste.

  • RICARDO. No podía no acordarme. Si te conozco desde siempre. Son quince años. Quince años. Te hice un pastel ahorita en el helicóptero. Te amo. Mucho. Te amo y no quisiera que te murieras nunca porque -tienes razón- me quedaría solo en el universo y según yo, vivir se trata de no estar solo. Te amo y te voy a extrañar mucho, amigo. Nunca te voy a olvidar. Me hubiera encantado haber realizado esta misión junto a ti, que fuéramos quienes salvaron al país de esta pandemia.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. ¿Le cantamos las mañanitas?

  • APESTOSÍN. Pero espera, Hugo. Ricardo, qué estás diciendo, cómo que me vas a extrañar si estoy aquí, estamos aquí, nos tenemos el uno al otro. Ahora. ¡Hay que bajar por el diamante púrpura! Dejemos el pastel para después. Es la primera vez que no prefiero leer antes de cualquier otra cosa. ¿Cómo me vas a extrañar si estoy aquí?

  • RICARDO. Porque te moriste. Te me moriste en los brazos y yo no pude hacer otra cosa sino llorar y llorar y llorar y llorar y pedir que regresaran el tiempo.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Ricardo, parte el pastel y comemos todos, la misión queda suspendida. Este es un trabajo de cuatro: Yo, el elemento de la Fuerza Aérea Mexicana, Agustín Contreras.

  • AGUSTÍN CONTRERAS. Buenas.

  • EL SUBSECRETARIO HUGO LÓPEZ-GATELL. Ricardo y, sin Apestosín, esto no puede continuar. Estaba planificado que fuéramos nosotros cuatro. No podemos no seguir el plan, he trabajado durante mucho tiempo pronosticando los buenos resultados de esta misión y no puedo arriesgarme a que un elemento menos cambie los resultados.

Comemos pastel y Ricardo toma el cuerpo con sus manos y me pide que nadie hable. Silencio.

  • RICARDO. Te abrazo, pongo tu cabeza sobre mi hombro, te tomo por el lomo y con tus patitas flotando, la derecha y la izquierda, me balanceo. Bailo. Bailamos, aunque tú no te des cuenta. Nos dejamos llevar por el ritmo del silencio. Pata delantera derecha, pata trasera izquierda, pata delantera izquierda, pata trasera derecha. Yo cierro los ojos y pienso en ti.

  • APESTOSÍN. Ricardo, mírame a los ojos, mírame.

Veo nuevamente puertas transparentes de lavadora en sus ojos. Estoy seguro. Esos no son sus ojos. Ricardo, despierta, vamos a hacernos el desayuno chingón, desayuno digno de López-Gatell. Deja el pastel para después. Vamos a la casa, dejemos esta misión y vayamos a la casa a hacernos un desayuno chingón.

  • RICARDO. Pienso en lo que hicimos, en los quince años que pasaron. Pienso en ti y no dejo de pensar en ti y no voy a dejar de pensar en ti. Volvemos a casa. En el techo del edificio, el subsecretario me abraza y te da a ti un beso en la frente, le digo que se quede con el pastel, no me lo voy a comer yo solo, mejor que lo comparta con el elemento de la Fuerza Aérea Mexicana, Agustín Contreras, él nos hace un gesto desde la cabina y nos saluda. Yo bajo las escaleras hasta el apartamento. Entro y cierro la puerta. Esta es la última vez que salgo en mucho tiempo. Sólo habrá una razón para salir de casa y no quiero pensar en ella en este momento, me aterra. Quiero que antes de que tenga que hacerlo, nos quedemos un rato echados.

Puerta; después se extiende el pasillo. Primer entronque: estancia, el ruido de la calle; pasillo; segundo entronque: el perfume de la comida; pasillo al fondo, el inodoro. Luego, a la derecha, la pieza.

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