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Instantánea: 7 preguntas sobre teatro en estos tiempos que corren.

Amanda Schmelz

50 años / México, Ciudad de México

Lugar principal de trabajo: México, Ciudad de México

Oficio: Actriz, diseñadora de caracterización

¿Cómo iniciaste dentro de la disciplina teatral? ¿Por qué decidiste dedicarte a ella?

Estudiaba arqueología y un día mi hermana -que me veía atribulada con las tareas- me preguntó qué quería ser «como cuando éramos chiquitas», me dijo, “actriz de teatro”, le respondí. Cambié de carrera y encontré mi lugar, mi país.
Y aunque he tenido momentos difíciles en los que he pensado en el auto-exilio de este arte ancestral y siempre complejo desde su presente constante y exigente, no puedo del todo -nunca- y afortunadamente, dejar de ver la vida desde este nicho que me ha cobijado, dado cabida y comprensión del mundo.

¿Qué preguntas siguen alimentando tu práctica? ¿Qué anhelos tienes por vivir dentro de las artes escénicas?

¿Dónde están los límites de lo que pensamos que podemos ser y hacer? ¿Hasta dónde podemos llegar con nuestra imaginación y nuestro deseo?
Pienso que en el teatro tenemos la posibilidad de indagar muy lejos sobre la condición humana y liberar los candados que como sociedad nos hemos impuesto. Particularmente me interesa indagar en nuevas narrativas, cómo podremos salirnos del cajón del patriarcado y contar otras historias de maneras distintas. Siempre hay una vuelta más que darle a la tuerca.

Mis anhelos tienen que ver con articular mi propio discurso como creadora escénica. Tengo proyectos que concretar en dramaturgia y dirección. Quiero generar y ser parte de procesos de creación colectiva, seguir trabajando en compañía(s).
Me interesa crear enlaces entre distintas disciplinas artísticas. La idea de poner en movimiento piezas pensadas para estar fijas en un museo, siempre me ha atraído especialmente.

Describe tu quehacer teatral en tres palabras. ¿Qué hace de tu forma de habitar el teatro una práctica singular y distinta a las demás?

Salto sobre mi sombra (son cuatro palabras).
Juego, arrojo, disciplina.
Escucha, descubrimientos, renuncias.
Mi voz, que soy yo y me desnuda.
La visión que tengo de la escena desde la caracterización, esa manera de entender cómo habitar otra piel y hacerla tuya.

¿Cuál consideras que es la importancia del teatro en este momento histórico?

Siempre se ha cuestionado la función del teatro, del arte en general. Frente al hambre y la precariedad de lo que –nos han instruido- es lo indispensable para estar vivos, el arte parece perder importancia, vigencia, urgencia e incluso justicia proletaria y universal. Pero permanece, sin embargo, se mueve. No está en la canasta básica y para el mercado dominante que todo lo acapara y lo coopta, se convierte en producto de consumo superfluo para las masas manipulables.
El teatro me ha enseñado que la masa y el público son términos completamente opuestos. El público es un ente activo, intrínseco al hecho teatral, se sabe indispensable; transforma y es transformado (esa es la aspiración, al menos). Los espectadores están haciendo el teatro con nosotros en el entrecruzamiento de un espacio con otro: construimos un algo nuestro que es efímero pero, con suerte, eterno. No conozco nada más excitante. Trabajamos mucho antes de que lleguen, siempre deseosos de que en ese momento el juguete funcione, que el duende baje y el milagro se produzca. No siempre sale… somos terriblemente falibles, humanos al fin.
El teatro es un espacio en el que se crean narrativas, se rompen paradigmas; es un portal que abre infinitas posibilidades… y vamos a necesitar reinventarnos. Es una herramienta única para visitar otros mundos y tocarse entre seres humanos sin moverse de lugar. Y vamos a necesitar esos viajes y tocarnos de otras maneras.
A través del teatro se puede decir no a la corrupción, a las dictaduras, al olvido de la memoria colectiva. “Un pueblo sin teatro es un pueblo sin verdad”, dijo Usigli.
El teatro es un espacio para dialogar(nos), interrogar(nos), reconocer(nos), entender(nos), reflexionar sobre lo que somos, y vamos a necesitarlo para sublimar tanta tristeza, frustración y violencia acumuladas.

¿Qué crees que debería cambiar en nuestro modelo teatral?

Pienso en la importancia de la renovación del lenguaje, de cómo hay que buscar constantemente maneras nuevas para decir lo mismo y para decir lo que no se ha dicho.
Creo que debemos tener mucho cuidado para no permitir que el teatro se parezca cada vez más a otros medios, con alfombras rojas y marquesinas con nombres de “artistas de la televisión”. Cada vez vemos más estas obras hechas con “fórmula de éxito” y producción en serie y eso va en detrimento del apoyo a proyectos de experimentación y bajo perfil donde el diálogo del teatro tiene lugar realmente. Hay que preguntarse muchas cosas y deshacer todo modelo único por definición.
Me gustaría que se entienda al teatro como un educador potencial, una herramienta magnífica para crear seres libres y pensantes que tengan confianza en sí mismos y derecho a soñar.

¿Qué le deseas a la siguiente generación de hacedores teatrales?

Que fracasen muchas veces y se vuelvan a levantar.
Que nos sorprendan, que nos enseñen; que refresquen el lenguaje ahí donde nosotros nos hemos estancado.
Que recorran el camino siempre con el deseo explícito de arriesgarse y que no quiten nunca el dedo del renglón; que no cedan ante los engaños del ego y la fama; que sean solidarios entre ellas y ellos y no permitan en sus prácticas más inequidad de género, racismos y homofobias, ni se dejen determinar por nadie.
Pero que estudien mucho, entrenen duro, que sean tan disciplinados como apasionados.
Y que no pierdan nunca el interés.

Si el teatro es el arte del encuentro con el otro ¿cómo enfrentas la emergencia que vivimos ante el COVID-19? ¿Qué deseas que ocurra cuando volvamos a estar juntos?

Por alguna razón que todavía tendré que seguir indagando, la metáfora del barco me ha acompañado poderosa, insistentemente, durante toda la cuarentena (cuareterna). Desde luego no es una metáfora mía ni una particularmente original, pero ha sido para mí una tabla de salvación para transitar en el desasosiego de esta época extraña y ominosa, con una bandera de esperanza.
La idea de tener un vehículo cuyo objetivo siempre es llegar a un puerto, un ancla que tirar a un fondo reconocible y una tripulación en quienes apoyarse en el trayecto, es lo más parecido a tierra firme por ahora. Mi barco es el teatro. Es como la isla flotante de la que habla Eugenio Barba: “el terreno incierto que puede desaparecer bajo los pies, pero que puede permitir el encuentro, la superación de los límites personales. Pero, más allá de las islas flotantes, ¿qué es lo que existe? ¿qué y quién se encuentra?”
Es en este pequeño terruño, mi parcela personal, en la que he estado labrando; el jardín interior que nada ni nadie puede quitarme. Me he aventurado a realizar pequeños proyectos frente a la cámara, de los cuales algunos son más logrados que otros, pero de los que atesoro la experiencia obtenida y el arrojo y disciplina que me han requerido para concretarse. Gracias a esto he descubierto que mi inquietud artística no se detiene y que, por el contrario, es el asidero de mi sanidad.
Ha sido un tiempo de reacomodos, de reflexión y de pausa. De siembra, de depuración y por supuesto, de resiliencia. Lo que hemos aprendido durante estos meses es inconmensurable y sé que todavía nos traerá muchas enseñanzas y sorpresas, así como grandes desafíos.

Para mí, hoy, más que nunca, las posibilidades infinitas, lúdicas y perpetuamente humanas del teatro, constituyen las puertas, puentes y pasadizos de salida y entrada, de entrada y salida y vuelta de nuevo a la vida; al mundo -aunque herido, aunque perdido (porque no hay regreso, sólo reinvención)-.
Hay mucho qué rescatar del trabajo que hemos estado realizando desde nuestras casas y a través de medios digitales. Esto nos ha obligado a desarrollar habilidades creativas y técnicas desconocidas hasta el momento y que serán de gran utilidad cuando volvamos a los escenarios, porque habrán surgido nuevas formas y nuestra necesidad de reconocernos y cosechar lo que en estos tiempos hemos sembrado, será infinita. Serán los frutos de la reflexión, del autoconocimiento. Pero habrá también retazos y escombros y deberemos rescatarnos entre nosotros porque la crisis económica será devastadora.
Ya ha pasado antes, durante la Segunda Guerra Mundial hubo gente que sobrevivió a los campos de concentración gracias a que en su interior tenían piezas de arte que los transportaban a otros mundos y ayudaban a otros a hacerlo, brindándoles belleza y alegría en medio del horror. Esa es la fuerza del arte.
La próxima vez que tenga la oportunidad de entrar en un teatro, de encontrarme con mis compañeros para escribir o analizar un texto, para ensayar y tender puentes en el vacío frente a un público presente; como nunca antes voy a valorar cada instante sabiendo que es irrepetible, como cada cosa, cada momento y cada persona.
Tendremos revancha. Tendremos teatro.

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