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Instantánea: 7 preguntas sobre teatro en estos tiempos que corren.

Juan Carlos Franco

30 años / Querétaro

 

¿Cómo iniciaste dentro de la disciplina teatral? ¿Por qué decidiste dedicarte a ella?

Fui al teatro. Siempre que me preguntan, respondo eso: fui al teatro. Ahí me enamoré, aunque no sé bien de qué cosa. Quizás tenga que ver con la última pregunta de este cuestionario, un placer por conectar, o quizás sólo tuve la suerte de ver piezas que atesoré y sigo atesorando: un «Pedro y el lobo» de sombras, la primera obra que vi; un complejísimo musical sobre el sistema digestivo en el auditorio de la primaria; «La importancia de llamarse Ernesto», con una Mariana Hartasánchez mucho más grande que el teatrino en donde se presentaba; decenas y decenas de lecturas dramatizadas en el Festival de Joven Dramaturgia, donde, quizás, me di cuenta que esos que hablaban de sus obras, siempre fachosos, eran relativamente cercanos a mí en edad y en intereses, y que quizás yo podría ser uno de ellos años después. Acá estoy, años después.

¿Qué preguntas siguen alimentando tu práctica? ¿Qué anhelos tienes por vivir dentro de las artes escénicas?

He pensado mucho en esto últimamente. En cierto modo, el momento que vivimos (en el país, en nuestra cultura, en los terremotos políticos del mundo) ha cambiado muchas de las preguntas que me hago como creador, pero sobre todo ha aclarado mis anhelos.
Deseo, en pocas palabras, poder vivir una vida plena ejerciendo mi profesión con libertad y sin precariedad. Ya no es viajar profesionalmente, poder trabajar con creadores que admiro o poner un negocio para sostenerme en tiempos difíciles: es poder acceder al mínimo de dignidad. Y eso me parece, si bien un poco esclarecedor, también sumamente triste.

Describe tu quehacer teatral en tres palabras. ¿Qué hace de tu forma de habitar el teatro una práctica singular y distinta a las demás?

No creo que mi trabajo sea singular o distinto. Estoy seguro que ha sido influido por los creadores que admiro, y también por los que no.
No es que la originalidad no exista, sino que es verdaderamente rara de encontrar. Y sin embargo, me siento afortunado por poder hilvanar algo cercano a un estilo a través de elementos de otros. Para mí, los elementos centrales son la ironía, la indagación y la complejidad humana. Sin ellos no concibo hacer teatro, o al menos no el placer con el que lo relaciono, y los tres me los han dado otros creadores, en distintas formas y en momentos muy variados, desde los trágicos (traducidos, sin embargo, según nuestra visión del mundo) hasta los más innovadores creadores actuales.
He descubierto que asumir esta contaminación perpetua es mucho más fructífero como creador que una persecución eterna de la originalidad.

¿Cuál consideras que es la importancia del teatro en este momento histórico?

En la práctica, ninguna. No estoy siendo cínico: el mundo, en todas sus batallas a vida o muerte y las complejas luchas en contra de un sistema injusto a punto de morir, no tiene mucha razón para voltear a ver a las artes. Pero hay en él un elemento desbordante, un exceso que, de hecho, es el que ha permitido que el teatro, junto con todas las otras disciplinas artísticas, hayan sobrevivido durante tanto tiempo, a pesar de guerras, enfermedades y cambios radicales en el pensamiento y la ciencia: nos dan perspectiva humana.
En debates tan complejos como los actuales, de la pandemia al sistema del capital, las artes nos permiten pensar con un espejo grande y brillante frente a nosotros. El teatro, además, lo hace en presencia, en convivio y en ficción, tres de las cosas que más atesoramos ahora mismo. La importancia del teatro ahora, me parece, la misma de siempre: difícilmente podemos confiar que ayudará a cambiar algo de facto, pero no por ello disminuye su relevancia, que es más bien reflexiva. Y la reflexión es el cimiento de un vuelco en cualquier paradigma. Ojalá lo sea también para el nuestro.

¿Qué crees que debería cambiar en nuestro modelo teatral?

Tantas cosas. Para empezar, todos entendemos algo distinto por «modelo teatral», y de ahí se desprenden cientos de problemas que, en apariencia, nos distancian irremediablemente. Por eso creo que lo más importante es la unión entre los creadores.
El modelo teatral actual en México -me parece- tiene siempre como característica central la competencia. No hay espacios suficientes de programación, no hay presupuesto para todos, no existen los lugares necesarios en las escuelas de teatro ni extensión para aparecer en los medios de comunicación. Eso nos predispone, incluso antes de salir de la escuela, a una competencia feroz que no nos deja ver que, unidos, esos problemas que nos hacen competir (o al menos los más urgentes) se podrían criticar para diseñar y proponer en conjunto soluciones que, además, tendrán más posibilidades de cobrar realidad porque tienen el respaldo de todos.
Si nos organizamos, entre otras cosas, podemos conseguir (y lo hemos hecho) más presupuesto, más espacios, mejores condiciones de trabajo, reglas que se ajusten a la comunidad y no al aparato burocrático, medidas educativas, fiscales y sociales que acerquen a la población a las artes y, en consecuencia, generen más empleo…
La posibilidad está ahí: la de reconocer y aprovechar la potencia política del encuentro, que no significa el consenso total. Eso es una comunidad y nosotros aún no lo somos.

¿Qué le deseas a la siguiente generación de hacedores teatrales?

Que no se dejen distraer. Los consejos así de generales siempre son una simplificación y es imposible que les hablen a todos, pero algo que he sentido conmigo y con mis colegas de generación es la enormidad del abismo de distracciones que nos ataca todo el tiempo. Muchas son las mismas que tiene, digamos, todo mundo: el Smartphone (¡todas esas apps!), los eternos estímulos para consumir, y tantas más.

Otras son distracciones necesarias, como la salud, la familia, el medio ambiente, la lucha contra la precariedad y el interés en el futuro en general. Pero hay muchas que son propias de nuestro campo de trabajo: la fama, el poder, la lucha egoísta por los espacios y los presupuestos, la visibilidad y la viralización por encima de todo.
El problema no es tanto que nos distraigamos, sino que esas distracciones se empiezan a volver nuestro oficio. Hablar de nuestra obra, mostrarnos en redes, cabildear nuestros proyectos, encontrarnos en las fiestas son parte de lo que hacemos, pero no deben convertirse en ello. Al final, lo que importa en una carrera teatral es todo lo que, honesta y sensiblemente, podemos poner en escena. El mundo hace mucho ruido y es cada vez más ensordecedor, pero nosotros podemos -y quizá debemos- resistir celosamente a ese escándalo.

Si el teatro es el arte del encuentro con el otro ¿cómo enfrentas la emergencia que vivimos ante el COVID-19? ¿Qué deseas que ocurra cuando volvamos a estar juntos?

Me gustaría que lográramos comunicarle a la gente, a esos espectadores que piensan a veces en el teatro pero nunca se deciden a llegar, que la ausencia que sentimos ahora al dar o tomar clases en Zoom, al ofrecer un live para quien quiera verlo, o mandando todo tipo de mensajes por nuestro celular, es justo la del contacto, la de la presencia del otro alimentándonos, y ESO es el teatro. Parece romántico, casi utópico. Pero me gustaría decirles: ese momento primal y tan simple sin el cual nos sentimos desvalidos, ajenos, es eso. Es lo que tanto nos apasiona del teatro a los que lo hacemos, lo sepamos o no. Es lo que, invisible, se vuelve adictivo para los espectadores asiduos. Es lo que nos conecta en la vida social, claro, pero es también lo que nos da tanto placer en el escenario y desde las butacas: poder sentirnos conectados, en relación implacable con un ser humano que no somos nosotros, con su dolor, su esperanza, su placer.
Y entonces el deseo, en última instancia, sería ver a gente con ganas de reconectar tratando de hacerlo de nuevas maneras, aunque al menos una de ellas sea tan antigua como la historia. Y no tenemos que ser optimistas o pesimistas con esto: tenemos que hacer que las cosas se muevan.

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